domingo, 11 de enero de 2009

EL BALONCESTISTA EJEMPLAR

Me viene a la cabeza Ricky, claro. De hecho, pretendo utilizar sólo su ejemplo hasta las últimas líneas de este artículo. Siento no haberle pedido permiso, pero cuando le conocí, hace casi dos años, este periódico no estaba planteado, y mi columna menos. Solamente pude contar la experiencia a mis cercanos.
Fue durante un partido entre dos colegios. Uno, el suyo, de Badalona. El otro, de Barcelona. Las gradas estaban repletas de chavales. Y la pasión se desbordaba. Ricky no jugaba. Estaba en el banquillo, vestido de calle y animando a sus compañeros, porque en un partido anterior de la misma competición se había hecho un esguince de tobillo.
Los que estuvimos allí, difícilmente podremos olvidar aquella tarde de viernes. Lo primero de todo, porque el partido colegial fue la locura. Particularmente, además, porque me sirvió para iniciar el análisis sobre un chico que deja tanta huella, que tiene rango de caso. En aquel ambiente, tan lleno de caos y pasión, se le podía confundir con uno más dentro del evento. De hecho, por edad, era uno de los más pequeños representantes de su colegio. Al fin y al cabo entonces tenía quince años. Quince caóticos años. Se le notaba en la pinta, en su complicidad con los compañeros de clase. Pero ni cerca estuve de sentir todo eso cuando por fin hablamos. De repente, toda la cercanía, el caos, y la pinta de adolescente, se tornaron en seguridad, aplomo, frialdad.
Esa fue al menos mi percepción. Incluso, hasta me pidió tranquilidad en un momento de la conversación. Y lo hizo, desde su aspecto adolescente, creyéndose con el derecho de poder hacerlo. Como un profesional que por entonces ya era, supongo. En medio de aquel caos colegial, quizá pensó que se podía relajar, pero no con cualquiera. Es lo que tiene la condición de elegido; hay que estar a la altura de la elección. Por ejemplo, aquella que dice que uno merece ganar pasta desde los catorce, por la gracia de Aíto.
Pero lo verdaderamente interesante del caso de Ricky, más allá de mis subjetivas percepciones, o de entrenadores con más o menos ingenio, pudiera ser el debate sobre la diferencia entre la profesión de deportista y cualquier otra en la sociedad española actual. Es verdad que la profesión de deportista (y en este caso hablo de los deportes verdaderamente profesionales; fútbol, tenis, baloncesto, golf…) suele durar menos años, pero, ¿de verdad es necesario comenzar a trabajar tan temprano, y que además suela venderse esa precocidad como un caso de éxito no sólo para el joven trabajador, sino también para el entorno que lo apadrina y promociona? Lo digo, porque para Ricky, individuo (o para Nadal, o para Fernando Torres…), quizá no sea un problema, al menos desde el punto de vista económico, pero, ¿se ha parado alguien por un momento a pensar en la consecuencia social de elevar lo anticipado a la categoría de modelo a imitar?

-diario Público, octubre 2007-

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