¿Quién manda en el mundo? (I)
Hemos aprovechado este parón navideño para contactar con un personaje de otra época, uno de los más reconocidos filósofos*, cuyo discurso suena más actual que nunca para entender la realidad de nuestro entorno, sobre todo desde un punto de vista europeo. Nos ha atendido diligentemente, y no ha dudado en responder a todas nuestras inquietudes.
“La civilización europea ha producido automáticamente la rebelión de las masas. La parte buena de esta rebelión es un evidente crecimiento que la vida humana ha experimentado en este tiempo. Pero el reverso es muy preocupante; vemos una creciente e imparable desmoralización radical de la humanidad. Es paradójico, pero es muy evidente sobre todo en Europa”.
Al asomarnos a un tiempo con ánimo de comprenderlo, siempre nos surge la primera inquietud; ¿quién manda en el mundo ahora mismo?
Desde el siglo XVI ha entrado la humanidad toda en un proceso de unificación. Ya no hay trozo de humanidad que viva aparte. Ya no hay, diríamos, “islas de humanidad”, como sí que las había en épocas anteriores. Por tanto, podemos decir que, quien manda actualmente en el mundo, ya manda en todo él. Que ejerce su influjo autoritario de forma global. Desde el siglo XVI hasta la actualidad, el mayor influjo lo ha tenido sobre todo lo que podemos llamar “los pueblos europeos”, es decir la llamada ‘Vieja Europa’.
Ya. Pero entonces viene la pregunta del millón; ¿qué entiende usted por mandar? ¿Cómo se manda en el mundo?
La tengo estudiada, no se preocupe. Por ‘mando’, no se entiende, o al menos yo no entiendo, el ejercicio del poder material, de la coacción física. No me estaba refiriendo a eso. Aquí tratamos de evitar lo más posible las estupideces, las simplificaciones. Al menos las más evidentes. Lo que entendemos por ‘mando’, la relación estable y normal entre personas, no debe descansar nunca en la fuerza, sino al revés. Precisamente porque una persona o un grupo de personas ejerce el ‘mando’, tiene a su disposición ese aparato o máquina social que se llama ‘fuerza’.
Creo que lo puedo entender. Quiero al menos entenderlo.
Déjeme que ponga algún ejemplo, a ver si le aclaro la idea. Vayamos a la ‘agresión’ de Napoleón sobre España…
¿Agresión?
R. Bien. Llámela como quiera. Agresión. Invasión… Sea como fuere, Napoleón la mantuvo durante un buen tiempo. Sin embargo, Napoleón no mandó en España ni un sólo día. Y eso que tenía la fuerza. Y precisamente, porque solamente tenía la fuerza. Conviene, por tanto, que distingamos entre un proceso de agresión y una situación de mando. ¿Se entiende mejor ahora?
Mejor, sí. ¿Y cómo se manda entonces, si no es sobre todo con la fuerza?
El ‘mando’ tiene una esencia; es el ejercicio normal de la autoridad. Y esa ‘autoridad’, en este caso, la otorga siempre, siempre, la opinión pública. Y eso ha sido así desde la época de los botocudos hasta la época de los ingleses. Jamás ha mandado nadie en la tierra nutriendo su mando esencialmente de otra cosa que de la opinión pública. ¿O acaso se cree que la soberanía de la opinión pública fue un invento hecho por el abogado Dantón en 1789, o por Santo Tomás de Aquino en el siglo XIII?
Yo creer, no me creo nada. Dígame usted.
El hecho de que la opinión pública es la fuerza radical que en las sociedades humanas produce el fenómeno de mando, es cosa tan antigua y perenne como el hombre mismo. Si la Ley de Newton sobre la gravitación universal es la clave de las leyes físicas, la ley de la opinión pública sería la clave de la historia política de la Humanidad. Por eso, y muy agudamente, insinúa Hume que el tema de la historia consiste en demostrar cómo la soberanía de la opinión pública, lejos de ser una aspiración utópica, es lo que ha pesado siempre y a toda hora en las sociedades humanas.
Por no salir de Napoleón. Me asalta la divertida recomendación de Talleyrand al ‘conquistador’; “con las bayonetas, sire, se puede hacer de todo, menos sentarse en ellas”
Bien traído. Mandar es sentarse. Mandar no es un gesto de arrebatar el poder, sino tranquilo ejercicio de él. Trono, silla, banco azúl, poltrona… ponga el elemento que quiera; mandar nunca es cuestión de puños como lo es de posaderas. El Estado, querido amigo, siempre es, en definitiva, el estado de la opinión; una situación de equilibrio, de estática.
Y qué pasa si la opinión pública no existe. Qué sucede cuando lo que hay es una sociedad dividida en grupos discrepantes, cuya fuerza de opinión queda anulada recíprocamente.
Pues una cosa muy lógica; a la Naturaleza le ‘horripila’ el vacío, ese hueco que deja la fuerza ausente de la opinión pública se llena de fuerza bruta. Pero esto es solamente un adelanto. Conviene tener en cuenta esos casos de ausencia, porque finalmente la Ley de la gravitación histórica se impone; no se puede mandar a largo plazo contra la opinión pública.
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(*) Entrevista figurada extraída del capítulo ¿quién manda en el mundo? de José Ortega y Gasset
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