¿Quién manda en el mundo? (El Camuflaje Histórico)*
...Mando, por tanto, según usted*, es opinión... Yo diría más; mando es prepotencia de una opinión; por tanto de un espíritu; por tanto, y finalmente, mando es poder espiritual. ¿Me sigue con esta regla?
Me faltan datos…
Los hechos ‘históricos’ confirman esto escrupulosamente. Todo mando primitivo tiene un carácter ‘sacro’. Porque se funda en lo ‘religioso’. Y lo ‘religioso’ es la forma primera bajo la cual aparece siempre lo que luego va a ser espíritu, idea, opinión; en suma, lo inmaterial y ultrafísico. En definitiva; poder ‘temporal’ y poder ‘religioso’ son idénticamente espirituales; uno tiene que ver con el espíritu del tiempo (opinión pública intramundana y cambiante), mientras el otro es espíritu de ‘eternidad’ (la opinión de Dios, la que Dios tiene sobre el hombre y sus destinos). Tanto vale, pues, decir; en tal fecha manda tal hombre, tal pueblo o tal grupo homogéneo de pueblos, como decir; en tal fecha predomina en el mundo tal sistema de opiniones, ideas, preferencias, aspiraciones, propósitos…
¿Cómo hemos de entender ese predominio?
La mayor parte de los hombres no tiene opinión, y es preciso que le venga de fuera a presión, como entra el lubrificante en la máquina. Por eso es preciso que el espíritu -sea el que sea- tenga poder y lo ejerza, para que la gente que no opina, que es la mayoría, opine.
Sin opiniones, no hay mando.
Sin opiniones, la convivencia humana sería el caos; menos aún; la nada histórica. Sin opiniones, la vida de los hombres carecería de arquitectura, de organicidad. Por eso, sin un poder espiritual que mande, y en la medida que este poder falte, en la humanidad reinará el caos.
Necesito entenderlo mejor. Pasamos de la opinión a la espiritualidad, y me estoy perdiendo un poco. Perdóneme.
Entendido. Volvamos entonces al principio. Durante varios siglos ha mandado en el mundo Europa, un conglomerado de pueblos con espíritu afín. En la Edad Media no mandaba nadie en el mundo temporal. Por eso las edades medias de la historia han representado siempre un relativo caos y una relativa barbarie. Son tiempos en que se ama, se odia, se ansía, se repugna, y todo eso con gran medida. Pero se opina poco. Son tiempos atractivos, pero son tiempos bárbaros. Eso no pasaba con el mando, por ejemplo, de Roma. Es cierto que era una porción acotada del mundo, pero Roma, la gran mandona, puso orden en el Meditérraneo y sus aledaños.
¿Y ahora?
En estas jornadas de la postguerra comienza a decirse que Europa no manda ya en el mundo. ¿Se advierte toda la gravedad en ese diagnóstico?
Gravedad, no sé, pero desplazamiento de poder, seguro…
¿Hacia dónde se dirige? ¿Quién va a suceder a Europa en el mando del mundo?
Dígamelo usted. ¿Está seguro de que va a sucederle alguien?
En vista de que, según parece, Europa decae y, por tanto, deja de mandar como lo ha hecho estos tres últimos siglos, cada nación o nacioncita brinca, gesticula, se engalla o estira, dándose aires de ‘persona mayor’ que rige su propio destino. De aquí el vibriónico panorama de ‘nacionalismos’ que se nos ofrece por todas partes.
Esta parte la puedo entender. ¿Pero como se conecta con el tema de la opinión pública?
Europa había creado un sistema de normas cuya eficacia y fertilidad se había demostrado. Esas normas, esas opiniones, no han sido ni mucho menos las más perfectas, pero resultaban definitivas y para cambiarlas es inexcusable parir otras nuevas. De momento, lo que se ha hecho ha sido dar por caducadas aquellas, pero todavía no se vislumbra un nuevo conjunto de normas, de opiniones, que estén a la altura. Y todo son cabriolas. Esta es la primera consecuencia que sobreviene cuando en el mundo deja de mandar alguien; que los demás, al rebelarse, se quedan sin tarea, sin programa de vida.
¿Usted cree que es ésta la situación actual del mundo?
Es evidente que ya no rigen los mandamientos europeos y, en vista de ello, las gentes (personas y pueblos), aprovechan la ocasión para vivir sin imperativos. Dentro de poco se oirá un grito formidable en todo el planeta, que subirá, como el aullido de canes innumerables, hasta las estrellas, pidiendo alguien y algo que mande, que imponga un quehacer u obligación. Vivir es tener algo que hacer. En la medida que eludamos poner a algo nuestra existencia, evacuamos nuestra vida. La dejamos vacía.
¿Estados Unidos? ¿Rusia? ¿China? Parece que siempre hay candidatos a tomar ese mando…
Estados Unidos y Rusia no serían nada nuevo con respecto a Europa. Son uno y otra dos parcelas del mandamiento europeo que, al haberse disociado del resto, pierden todo su sentido. Ambos pertenecen a lo que alguna vez he denominado como fenómenos de ‘Camuflaje histórico’; es decir, una realidad que no es lo que parece. Su aspecto oculta su sustancia, por eso puede engañar a la mayor parte de las personas.
Dos espejismos, entonces…
Tal vez. En todo hecho de ‘camuflaje histórico’ hay dos realidades que se superponen; una profunda, efectiva, sustancial; otra aparente, accidental y de superficie. Así, en Moscú hay una película de ideas europeas -el marxismo- pensadas en Europa en vista de realidades y problemas europeos. Debajo de esta película hay un pueblo no solamente distinto como materia étnica del europeo, sino -lo que es mucho más importante- de una edad muy diferente a la europea. Es un pueblo en fermento, juvenil.
¿Y eso qué tiene de malo?
De malo, en principio no se sabe. Ya se verá. Pero sería una absoluta contradicción que el marxismo haya triunfado en Rusia, donde no hay industria alguna. Y es evidente que no hay tal contradicción porque no hay tal triunfo. Rusia es marxista como romanos eran los tudescos del Sacro Imperio Romano. Los pueblos nuevos no tienen ideas. Cuando crecen en un ámbito donde ya existe una vieja cultura, se empapan de ella y la adoptan como propia. Y aquí está ese ‘camuflaje’ y su razón de ser.
Pero en el caso de China no es así.
Claro que no. Se olvida que hay dos tipos de ‘evolución’ para un pueblo. El pueblo que nace de lo que yo llamo ‘un mundo vacío’ de toda civilización. Este es el caso de China, o de Egipto. En los pueblos así, todo es ‘autóctono’; sus gestos tienen un sentido claro y directo.
Luego están los pueblos que germinan y se desarrollan en el ámbito ocupado por otros anteriores a ellos. Por ejemplo, Roma, que crece en pleno Meditérraneo, tenía sus aguas impregnadas de la civilización greco-oriental. De ahí que la mitad de los gestos romanos no sean propios, sino aprendidos. Y ese gesto aprendido, recibido, siempre es doble, y su verdadera significación no es directa, sino oblicua.
Póngame algún ejemplo.
A ver… por ejemplo, un vocablo. El que usa un vocablo de un idioma anterior, está traduciendo a su idioma algo exótico. Yendo al ejemplo de Rusia, yo estoy esperando que el marxismo de Stalin aparezca traducido a la historia de Rusia. Porque el marxismo de Stalin lo que tiene de ruso es lo que tiene de fuerte, y no lo que tiene de comunista. Rusia necesita todavía siglos para optar al mando. Porque carece de mandamientos, y ha necesitado fingir su adhesión al principio de Marx, que es un principio europeo. Como a Rusia le sobra ‘juventud’, pues le ha bastado con esa ficción de creerse marxista. El joven, ya sabe, no necesita todavía razones para vivir; sólo necesita pretextos.
¿Y Estados Unidos?
Con Estados Unidos pasa algo muy semejante. También sería muy equivocado atribuir su fuerza actual a los mandamientos que obedece. En última instancia se reducen solamente a uno; la técnica. Y, qué casualidad… Resulta que la técnica es otro invento europeo, no americano. La técnica, lo que conocemos por ‘técnica’, se inventa en Europa en los siglos XVIII y XIX, justo cuando Estados Unidos está emergiendo como nación. ¿En serio tenemos que creer que la esencia de América es concepción practicista y técnica de la vida?
Y qué es…
América es, como siempre son las colonias una repristinación o rejuvenecimiento de razas antiguas, sobre todo de razas europeas, claro. América, por distintas razones de Rusia, es otro caso claro de esa específica realidad histórica que llamamos ‘pueblo nuevo’. Los Estados Unidos de América, en definitiva, es un pueblo fuerte por su juventud, que se ha puesto al servicio del mandamiento contemporáneo de la ‘técnica’, como podía haberse puesto al servicio del budismo si éste fuese la orden del día.

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