Gonzalo Martínez: "La generosidad en el equipo no es solamente un tema moral, es una cuestión de supervivencia"
Por: Pablo Martínez Arroyo e Ignacio Larru (creadores de Ojo al Dato)
Siguiendo con la serie de entrevistas del Podcast OJO AL DATO, hoy nos sentamos a reflexionar con Gonzalo Martínez (Madrid, 1974). Gonzalo pertenece a esa estirpe de jugadores que parecen ir siempre por delante de los acontecimientos. Fue el cerebro de aquel Estudiantes que conquistó la Copa del Rey en el año 2000 y de un Gran Canaria que se consolidó en la élite. Estuvo 4 temporadas en Las Palmas, antes de regresar de nuevo al Estudiantes por petición expresa de Pedro Martínez, que había sido su entrenador en el ‘GranCa’, para acabar retirándose en Murcia. Su carrera (1991-2009) desafió las leyes de la física —"me faltaba peso y altura", reconoce— para imponer las de la inteligencia. Hoy, con cuatro hijos y una responsabilidad comercial de ámbito nacional en el entorno de los seguros, analiza la transición del parqué a la oficina en esta entrevista de Ojo al Dato.
P: Gonzalo, llevas 11 años en el sector seguros tras una carrera larguísima en el baloncesto. ¿Cómo fue ese "salto al vacío" tras la retirada?
Gonzalo Martínez: Fue una suerte que sucediera rápido. A veces el azar interviene; me retiré un poco forzado en Murcia, pero encontré trabajo enseguida y tuve mi primer hijo (una niña, ahora ya son 4). Esa actividad inmediata me ayudó a no tener tiempo para la melancolía. Mi consejo es tener humildad y paciencia: una profesión nueva se aprende desde abajo, no puedes llegar queriendo aplicar todo lo del deporte el primer día.
P: Se dice que siempre fuiste el "ojito derecho" de tus entrenadores. ¿Qué tenía Gonzalo que no tuviera un base más espectacular?
G.M.: Mis características físicas —la falta de peso o altura— me obligaban a mirar el juego desde el grupo. O aportaba para que el equipo fuera mejor o individualmente no tenía nada que hacer. Mis objetivos y los del entrenador coincidían: queríamos que el equipo funcionara. No era una "generosidad moral", era interés propio. El entrenador muchas veces prefiere a alguien que comparta su visión antes que al "superalero" que sólo piensa en sus tiros.
P: Hoy todo se mide con datos. ¿Habría sido distinta tu carrera en la era de la estadística avanzada?
G.M.: Ahora el dato premia al jugador eficiente y estable, mientras que antes se vivía más del highlight o de meter un triple molón aunque no hicieras nada más en el partido. Yo era un jugador de pocos errores; no miraba mucho la estadística, pero me obsesionaba no perder balones.
P: 'Trabajaste' con Pepu Hernández y Pedro Martínez. Dos estilos, un mismo éxito. ¿Qué aprendiste de ellos?
G.M.: Son muy diferentes, pero ambos creyeron mucho en mi. Pepu tiene una capacidad brutal para la gestión emocional, hace que cada uno se sienta importante y da libertad al jugador. Pedro es metódico y disciplinado; con él, el esfuerzo no es negociable y transmite una seguridad absoluta en lo que hay que hacer. Los dos comparten algo vital: son capaces de dar un mensaje que cale al grupo en momentos de zozobra.
P: Tenemos una sensación, a ver qué opinas: tú fuiste el favorito de todos tus entrenadores, pero quizá no el de la afición, que prefiere el espectáculo. ¿Cómo se sobrevive 16 años siendo el "ojito derecho" del banquillo?
G.M.: No sé si era el favorito, pero mis objetivos y los del entrenador siempre coincidían: que el equipo funcionara. Mis limitaciones físicas me obligaban a ello. Yo no podía ganar un uno contra uno ni en juveniles; o ayudaba a que el grupo fuera mejor, o no tenía nada que destacar individualmente. Siempre digo que mi generosidad no era moral, era interés propio. Si el equipo ganaba, yo sobrevivía.
P: A veces el jugador que busca el 'lucimiento' constante con la afición, se acaba quemando rápido. Tú, en cambio, fuiste un jugador más de vuelo bajo...
G.M.: Es una visión muy fina. En una época sin estadísticas avanzadas, la gente vivía del highlight, de un mate o un triple molón. Hoy, con el "más/menos" y los datos de eficiencia, se valoraría mucho más mi estilo. Yo era un jugador de pocos errores; me obsesionaba no perder balones y mantener porcentajes estables. El jugador favorito de la afición suele tener dos años increíbles, pero en cuanto algo falla, la presión se lo come. El jugador eficiente es el que todos saben que necesitan para ganar.
P: Hablabas de (Javier) "Chinche" Lafuente, uno de tus ex compañeros en el baloncesto, como alguien que te enseñó a mirar la vida.
G.M.: El 'Chinche' tenía una inteligencia social y emocional brutal. Cuando yo era un chaval de 20 años y él un veterano de 34, él ya veía cosas que los demás no veíamos. Era el tipo de líder silencioso que enseña a los jóvenes a ser hombres, no solo jugadores.
P: ¿Y ese "pívot con alma de base" que fue (Shaun) Vandiver?
G.M.: Shaun era el mejor ejemplo de lo que hablábamos antes. Nunca saldría en un highlight porque no saltaba, pero era infinitamente eficiente. Tenía un talento y un respeto por parte de los rivales que pocos tenían. Los americanos de la liga sabían que él era "el bueno" de verdad. Al igual que yo, él entendía que su éxito dependía de lo que hacía por el grupo.
P: Te retiraste en Murcia tras casi dos décadas. Muchos deportistas sufren un 'duelo' largo. En tu caso, parece que el aterrizaje fue forzoso pero rápido.
Gonzalo Martínez: Tuve la suerte de que el azar intervino a mi favor. Tenía dos años de contrato en Murcia, pero la retirada se precipitó. Sin embargo, encontrar trabajo y tener mi primer hijo fue casi simultáneo. Esa actividad inmediata me salvó de la melancolía inicial. Mi consejo para cualquier profesional que cambie de sector es la humildad y la paciencia: los trabajos se aprenden desde abajo y no puedes pretender aplicar recetas del deporte el primer día sin conocer el nuevo terreno.
P: ¿Con qué momento te quedas de tus 16 años como profesional de la ACB?
G.M.: Hay un dato curioso: mi récord de anotación fueron 25 puntos en Alicante con el Gran Canaria. Lo gracioso es que jugué ese partido con una sola lentilla porque la otra se me rompió en el vestuario. Si hubiera sido supersticioso, no habría salido a jugar. También guardo el sabor agridulce de la semifinal del 2000 contra el Madrid, cuando Chandler (Thompson) falló debajo del aro y nos quedamos a un paso de la final.
P: Cambiemos de entorno; ¿qué aprendizajes te dejó tu profesión de 'base'?
G.M.: La capacidad de dar seguridad. El trabajo de un líder es filtrar el ruido. En el deporte y en la empresa hay mil variables que no controlas. Si no tienes unos mínimos básicos de disciplina y criterios claros, te vuelves loco. El equipo necesita que su líder, aunque por dentro tenga dudas, transmita un relato coherente hacia dónde vamos.
P: ¿Hay un método específico para dirigir?
G.M.: No lo creo. Está el nuestro. En el trabajo, yo intento ser consciente de que, aunque el deporte y la empresa comparten metáforas, hay diferencias abismales. Lo que sí mantengo es la visión de base: repartir juego para que otros anoten.
P: ¿Es la flexibilidad la mayor virtud de un líder?
G.M.: La flexibilidad es peligrosa si no parte de principios sólidos. Un entrenador o un jefe que se adapta a todo sin criterio es una veleta. El éxito de Pedro y Pepu es que, dentro de su flexibilidad, mantienen tres o cuatro rasgos invariables. El líder debe filtrar la cantidad ingente de variables que no controla —el azar, las lesiones, los detalles— y dar al equipo un mensaje coherente y convencido de hacia dónde vamos. Si el líder duda, el equipo se vuelve loco.
P: Finalmente, Gonzalo, una reflexión más 'familiar' ¿Sufres ahora viendo a tus hijas jugar?
G.M.: Mucho. La gente que me vio como profesional no se lo creerá, pero de niño yo era un poco, vamos a decirlo... "kamikaze"; físicamente era rápido y potente y no tenía mucha consciencia del peligro. Luego las lesiones me obligaron a adaptarme. Ahora veo el nivel físico de mis hijos frente al resto y, como padre, no se pasa nada bien en la grada.

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